Si me acompañas

Ahora estoy leyendo
Honrarás a tu padre y a tu madre de Cristina Fallarás
si te apetece, me acompañas.

lunes, 25 de junio de 2018

Hágase


Cuando escribo este artículo siempre reviso las últimas experiencias de la cotidianeidad, las últimas miradas hacia mi entorno que me apetece contar porque me han resultado significativas, curiosas, divertidas, bellas. Esta vez se me hace difícil, no por defecto, todo lo contrario, es tan grande la vida, es tanto lo que nos cuenta cuando estamos atentas. No hace falta el entusiasmo, aunque siempre es bienvenido, hace falta, eso sí estar presente.
De la misma manera que una se ducha y se peina para estar preparada para los afanes del nuevo día, de la misma manera una debería preparar el alma a diario y con cuidado. El alma sosegada, el alma limpita para que la mochila del pasado y los rencores no nos ciegue lo que está por venir. El alma inocente que escucha sin más pretensión que esa escucha, que a veces se nos adelanta la respuesta, y eso no es escuchar. El alma niña llenita de ilusión. El alma vieja de experiencia y belleza. El alma en paz que se sabe amada. El alma agradecida para recordar que la vida es un regalo y no dar nada por supuesto. Y ahí me quedo, en la gratitud. A menudo buscamos cambiar lo que ocurre, entender todo y a todos en nuestro entorno, y solo al entender apreciamos, pero ¿se puede amar sin entender? ¿se puede agradecer lo que no parece, a priori, un regalo? ¿se puede estar en la vida sin más que un corazón abierto, una mente sana y disposición? 

A veces, me da por pensar que no le dejamos espacio a la vida, que tenemos tan claro cómo deberían ser las cosas, cómo habrían de actuar los demás según nuestro prisma, cómo debería ser nuestro pan de cada día, que no dejamos un ápice a que la vida suceda, no nos abrimos a recibir lo inesperado, a la belleza de lo desconocido. Al misterio. Y se me antoja que nos falta, me falta, hablaré por mí, confianza. Confianza en que la vida está a mi favor, que todo está dispuesto para ser feliz, agradecida, amada, completa. Y el “hágase tu voluntad” lo digo en voz bajita, o pensando “… pero que tu voluntad, Señor, se parezca a la mía”.  Y eso es hacer trampas. Eso es nadar y guardar la ropa. Eso, me digo, es falta de fe. 




Si sintiera, si fuera capaz de entregarme de verdad al amor y a la vida; si sintiera a penas un poquito del amor que me es dado a cada momento, cada día, todos los días de miles de formas; si fuera honesta y al levantarme, reconociera que todo lo que me es dado vivir no me es dado por merecimiento, sino por un inconmensurable amor sin límites, entonces me da que mi vida la viviría de manera muy diferente, me da que no habría nada que me quitara la sonrisa del corazón, y el compartirme sería una manera genuina e incuestionable de vivir.

Y en ello ando, aprendiendo, caminando, escribiendo, agradeciendo. Y porque “de lo que abunda en el corazón habla la boca”, intento decir “hágase tu voluntad”, sin hacer trampas, cada vez más claro y más alto.

jueves, 26 de abril de 2018

Cuando la vida se impone



Como cada mañana me levanto a las 6, yo nunca fui muy de madrugar, soy más de esas que los ojos se le hacen grandes al llegar las 8 de la tarde y pequeños muy pequeños a las 7 de la mañana, pero cuando trabajas fuera de tu ciudad, los ritmos personales no importan mucho y toca adaptarse a los autobuses, las prisas y el café para llevar; no lo digo desde la queja, al contrario, he descubierto cómo amanece la ciudad en la que vivo; he visto el metro casi vacío y me he reído en esa hora mágica en la que se juntan juerguistas y madrugadores. Y he vivenciado el silencio de las calles que yo imagino, mientras sonrío, recién puestas.
Ducha. Desayuno. Escaleras abajo. Escaleras arriba. Dos calles más y la parada del autobús. Hola, ¿qué tal?, bien, ¿qué tal tú?, ¡qué sueño!, ¡vaya que sí!, saludo a los habituales y al conductor. 7.05 de la mañana.
Un par de canciones de radio, tres artículos de periódico, el chiste y La Contra de la Vanguardia, un mirar por la ventana, que el trayecto recorre la costa, y llegamos a la parada previa a la mía.
Una mujer baja del autobús con su marido y su hijo chiquito. El conductor se preocupa, le duele la pierna, cree.  Parecía, dice, que bajaba por una rampa en los gemelos, que con el embarazo ya se sabe. Pero no, ella le dice que no es la pierna ni una rampa, que lo que es es que ya viene, que siente las contracciones, que el nuevo ser quiere llegar temprano, a oscuras y, según parece, en la parada del autobús.
El conductor le pide que entre. Que se siente, el marido sube con ella y la toma de la mano. Un compañero de los que suele coger el bus cada mañana conmigo, profesor de oficio, médico de formación, no se lo piensa y recorre el pasillito del bus, se acerca a la pareja y les habla, palabras que no oigo, pero que resultan reconfortantes, al parecer. Y se queda junto a ellos.
El conductor marca en su móvil el número de la compañía de autobuses para que ellos a su vez llamen a una ambulancia. Y mientras lo hace toma en brazos al niño pequeño de la pareja que se ha quedado esperando junto a la parada del autobús. Lo toma en brazos mientras llama. Habla y el niño tranquilo le mira. Con su gorro rojo, su cara negra y sus ojos dormidos y aún así muy grandes.



Desde mi sitio, respetuosamente apartado, miro la escena, me acerco a los que viajan en la parte trasera del autobús y empiezan a preguntarse qué pasa. Les cuento que parece que tendremos un nacimiento, que una pareja permanece en los primeros asientos acompañada por un médico, mientras el autobusero con el hijo pequeño de la pareja en brazos llama para que envíen una ambulancia. Caras de extrañeza, caras de sueño, caras de interrogante e incertidumbre, de preocupación por la pareja, y de  hoy-sí-llego-tarde, pero ni una sola queja, ni un solo resoplido, ni una palabra. Cuando la vida se impone, solo podemos recibirla.
Y me maravillo ante la vida que llega así, cuando le da la gana.
Y al fin llega la ambulancia, y la mujer baja con la ayuda del médico-profesor, y el marido toma las bolsas y el conductor posa al niño en el suelo junto a sus padres.
Y conductor y profesor suben al bus de nuevo. Y arrancamos. Y nos vamos todos con la vista, primero en la ambulancia, que se queda parada mientras nos alejamos; y luego, en el cielo, con un solo deseo “¡qué todo salga bien!”.
Días más tarde un hombre, amigo de la familia, tomo el mismo autobús para irles a visitar. Ha sido niño. Bienvenido a la vida.

martes, 20 de marzo de 2018

Gris, azul y rosa



Gris, azul y rosa
Cuento en tres colores

El suelo frío acuchilla mis pies, necesito de esa molesta sensación para sentirme un poco vivo. Mis ojos se niegan a abrirse del todo, y en esa línea que habita entre el párpado y como quiera que se llame la piel de debajo del ojo intuyo la puerta, mis zapatillas, el frío. Sí, puede intuirse el frío por los ojos, como se intuye la luz de neón o el filtro sin limpiar del aire. Sobre el plato: la pastilla azul 3125. Un día más.
Palpo la mesa. Por la noche cuando la coloco ahí lo más patente es su color rosa 225C; ahora el tacto me da otra información: rugosa, uniforme, pequeña, áspera. Mantengo los ojos cerrados, la boca abierta, siento mis dedos callosos sobre mis labios. Salivo un poco para que pase con mayor facilidad y a apenas me incorporo, lo justo para tragar. Un día más. Me acuesto de nuevo y espero a que surta efecto.

Rosa
Me miro por última vez al espejo y abro la puerta de casa con ambas manos y elevo los brazos con ganas de estrenar la vida, celebrándola, y salgo de un ballonné pas allegro; él, elegante, joven y sonriente, me espera con su traje de rayas blancas y azules y su pajarita perfecta y alzando su brazo, me guiña el ojo para que me tome de él. Bajamos acompasados el primer piso, pero para llegar al hall me deslizó con un  glissé por la barandilla y él me recoge alegre en sus brazos al llegar; a punto de suceder está un beso cuando nos interrumpe la vecina del quinto que en un de voule se cruza entre nosotros; comprensivos, cómplices y amorosos, ladeamos la cabeza, sonreímos con los ojos brillantes y los labios tímidos, y caminamos ligeros hasta Winston, quien nos abre la puerta; con el ademán de su brazo derecho parece acariciar el aire y nos muestra el camino hacia la calle amplia y soleada; se quita el sombrero y nos desea buen día en una canción que contagiados bailamos calle abajo acompañados del panadero, el lechero, el repartidor de periódicos, el cartero y el policia que tras nosotros silban la canción de las mañanas, mientras los transeúntes en un Gran Jeté paran el tráfico. Walter, el taxista impetuoso y malhumorado, sale de su taxi, pero su enfado se desdibuja y acaba sonriéndole a la graciosa niña que va al colegio y le dedica un cabriole. Las risas de los niños cantando y corriendo se oyen por toda la ciudad.

Azul
Tomados de ambas manos nos vamos separando sin dejar de mirarnos a los ojos; achispadas, sus compañeras, la toman de la cintura y, haciendo girar su cuerpo ligero y flexible, desaparecen sonrientes corriendo calle abajo hasta la fábrica iluminada, donde los pájaros de colores cantan y las frutas brillan en los árboles de las aceras de un gris luminoso y delicado.
Salen de las calles laterales y se van uniendo a mí, hombres fuertes y ágiles. Cantamos y pisamos rotundos y firmes el suelo que nos lleva hasta el garaje sobre la colina.  Mientras nos vestimos nuestros monos de trabajo, bailamos por todos los rincones del taller. Al fin, John sube al cadillac verde; Jack, al mercedes color piedra y yo, al royale azul y los demás chicos hacen sonar los cláxons en el momento clímax de la canción matinal. Con un puro en la comisura de los labios, el traje gris y las manos haciendo flexionar los tirantes, llega el jefe y a su grito de: ¡A trabajar! Cesa la música y cada uno ocupa su lugar. Con un plié y lift, Will y Mike suben la puerta de metal y aparece ante la vista de los primeros clientes el suelo pulido, las paredes de blanco, rojo y azul, los coches brillantes dispuestos simétricamente y un grupo de hombres robustos trabajando, vestidos con monos azules, con las caras manchadas con precisión de grasa negra y brillante que resalta sus perfectas bocas sonrientes.

Gris
Exhaustos, en silencio, el silencio que proviene del cansancio, subimos las escaleras. La música suena a lo lejos, como una fiesta que sigue pero de la que tú ya te has ido. Los colores languidecen y todos vuelven a su gris inicial.
Tal vez, algun día descubran cómo hacer que dure más, o que sean menos los efectos secundarios; tal vez, hagamos algo para que no haga falta tomarla. Tal vez, sería mejor tomar una de las grises y acabar con todo esto; a veces lo pienso y quisiera decírselo, pero... me gustan tanto las mañanas, bajar cogidos del brazo, las escaleras, Winston y todos los demás.
Nos separamos en el descansillo con un beso que es más un roce rápido que un beso. Entro. Me desnudo. Coloco la pastilla en su lugar. Buenas noches. Mañana será un día más.




Este cuento fue ilustrado en su publicación por Albert Cano