Si me acompañas

Ahora estoy leyendo
Honrarás a tu padre y a tu madre de Cristina Fallarás
si te apetece, me acompañas.

jueves, 26 de abril de 2018

Cuando la vida se impone



Como cada mañana me levanto a las 6, yo nunca fui muy de madrugar, soy más de esas que los ojos se le hacen grandes al llegar las 8 de la tarde y pequeños muy pequeños a las 7 de la mañana, pero cuando trabajas fuera de tu ciudad, los ritmos personales no importan mucho y toca adaptarse a los autobuses, las prisas y el café para llevar; no lo digo desde la queja, al contrario, he descubierto cómo amanece la ciudad en la que vivo; he visto el metro casi vacío y me he reído en esa hora mágica en la que se juntan juerguistas y madrugadores. Y he vivenciado el silencio de las calles que yo imagino, mientras sonrío, recién puestas.
Ducha. Desayuno. Escaleras abajo. Escaleras arriba. Dos calles más y la parada del autobús. Hola, ¿qué tal?, bien, ¿qué tal tú?, ¡qué sueño!, ¡vaya que sí!, saludo a los habituales y al conductor. 7.05 de la mañana.
Un par de canciones de radio, tres artículos de periódico, el chiste y La Contra de la Vanguardia, un mirar por la ventana, que el trayecto recorre la costa, y llegamos a la parada previa a la mía.
Una mujer baja del autobús con su marido y su hijo chiquito. El conductor se preocupa, le duele la pierna, cree.  Parecía, dice, que bajaba por una rampa en los gemelos, que con el embarazo ya se sabe. Pero no, ella le dice que no es la pierna ni una rampa, que lo que es es que ya viene, que siente las contracciones, que el nuevo ser quiere llegar temprano, a oscuras y, según parece, en la parada del autobús.
El conductor le pide que entre. Que se siente, el marido sube con ella y la toma de la mano. Un compañero de los que suele coger el bus cada mañana conmigo, profesor de oficio, médico de formación, no se lo piensa y recorre el pasillito del bus, se acerca a la pareja y les habla, palabras que no oigo, pero que resultan reconfortantes, al parecer. Y se queda junto a ellos.
El conductor marca en su móvil el número de la compañía de autobuses para que ellos a su vez llamen a una ambulancia. Y mientras lo hace toma en brazos al niño pequeño de la pareja que se ha quedado esperando junto a la parada del autobús. Lo toma en brazos mientras llama. Habla y el niño tranquilo le mira. Con su gorro rojo, su cara negra y sus ojos dormidos y aún así muy grandes.



Desde mi sitio, respetuosamente apartado, miro la escena, me acerco a los que viajan en la parte trasera del autobús y empiezan a preguntarse qué pasa. Les cuento que parece que tendremos un nacimiento, que una pareja permanece en los primeros asientos acompañada por un médico, mientras el autobusero con el hijo pequeño de la pareja en brazos llama para que envíen una ambulancia. Caras de extrañeza, caras de sueño, caras de interrogante e incertidumbre, de preocupación por la pareja, y de  hoy-sí-llego-tarde, pero ni una sola queja, ni un solo resoplido, ni una palabra. Cuando la vida se impone, solo podemos recibirla.
Y me maravillo ante la vida que llega así, cuando le da la gana.
Y al fin llega la ambulancia, y la mujer baja con la ayuda del médico-profesor, y el marido toma las bolsas y el conductor posa al niño en el suelo junto a sus padres.
Y conductor y profesor suben al bus de nuevo. Y arrancamos. Y nos vamos todos con la vista, primero en la ambulancia, que se queda parada mientras nos alejamos; y luego, en el cielo, con un solo deseo “¡qué todo salga bien!”.
Días más tarde un hombre, amigo de la familia, tomo el mismo autobús para irles a visitar. Ha sido niño. Bienvenido a la vida.

martes, 20 de marzo de 2018

Gis, azul y rosa



Gris, azul y rosa
Cuento en tres colores

El suelo frío acuchilla mis pies, necesito de esa molesta sensación para sentirme un poco vivo. Mis ojos se niegan a abrirse del todo, y en esa línea que habita entre el párpado y como quiera que se llame la piel de debajo del ojo intuyo la puerta, mis zapatillas, el frío. Sí, puede intuirse el frío por los ojos, como se intuye la luz de neón o el filtro sin limpiar del aire. Sobre el plato: la pastilla azul 3125. Un día más.
Palpo la mesa. Por la noche cuando la coloco ahí lo más patente es su color rosa 225C; ahora el tacto me da otra información: rugosa, uniforme, pequeña, áspera. Mantengo los ojos cerrados, la boca abierta, siento mis dedos callosos sobre mis labios. Salivo un poco para que pase con mayor facilidad y a apenas me incorporo, lo justo para tragar. Un día más. Me acuesto de nuevo y espero a que surta efecto.

Rosa
Me miro por última vez al espejo y abro la puerta de casa con ambas manos y elevo los brazos con ganas de estrenar la vida, celebrándola, y salgo de un ballonné pas allegro; él, elegante, joven y sonriente, me espera con su traje de rayas blancas y azules y su pajarita perfecta y alzando su brazo, me guiña el ojo para que me tome de él. Bajamos acompasados el primer piso, pero para llegar al hall me deslizó con un  glissé por la barandilla y él me recoge alegre en sus brazos al llegar; a punto de suceder está un beso cuando nos interrumpe la vecina del quinto que en un de voule se cruza entre nosotros; comprensivos, cómplices y amorosos, ladeamos la cabeza, sonreímos con los ojos brillantes y los labios tímidos, y caminamos ligeros hasta Winston, quien nos abre la puerta; con el ademán de su brazo derecho parece acariciar el aire y nos muestra el camino hacia la calle amplia y soleada; se quita el sombrero y nos desea buen día en una canción que contagiados bailamos calle abajo acompañados del panadero, el lechero, el repartidor de periódicos, el cartero y el policia que tras nosotros silban la canción de las mañanas, mientras los transeúntes en un Gran Jeté paran el tráfico. Walter, el taxista impetuoso y malhumorado, sale de su taxi, pero su enfado se desdibuja y acaba sonriéndole a la graciosa niña que va al colegio y le dedica un cabriole. Las risas de los niños cantando y corriendo se oyen por toda la ciudad.

Azul
Tomados de ambas manos nos vamos separando sin dejar de mirarnos a los ojos; achispadas, sus compañeras, la toman de la cintura y, haciendo girar su cuerpo ligero y flexible, desaparecen sonrientes corriendo calle abajo hasta la fábrica iluminada, donde los pájaros de colores cantan y las frutas brillan en los árboles de las aceras de un gris luminoso y delicado.
Salen de las calles laterales y se van uniendo a mí, hombres fuertes y ágiles. Cantamos y pisamos rotundos y firmes el suelo que nos lleva hasta el garaje sobre la colina.  Mientras nos vestimos nuestros monos de trabajo, bailamos por todos los rincones del taller. Al fin, John sube al cadillac verde; Jack, al mercedes color piedra y yo, al royale azul y los demás chicos hacen sonar los cláxons en el momento clímax de la canción matinal. Con un puro en la comisura de los labios, el traje gris y las manos haciendo flexionar los tirantes, llega el jefe y a su grito de: ¡A trabajar! Cesa la música y cada uno ocupa su lugar. Con un plié y lift, Will y Mike suben la puerta de metal y aparece ante la vista de los primeros clientes el suelo pulido, las paredes de blanco, rojo y azul, los coches brillantes dispuestos simétricamente y un grupo de hombres robustos trabajando, vestidos con monos azules, con las caras manchadas con precisión de grasa negra y brillante que resalta sus perfectas bocas sonrientes.

Gris
Exhaustos, en silencio, el silencio que proviene del cansancio, subimos las escaleras. La música suena a lo lejos, como una fiesta que sigue pero de la que tú ya te has ido. Los colores languidecen y todos vuelven a su gris inicial.
Tal vez, algun día descubran cómo hacer que dure más, o que sean menos los efectos secundarios; tal vez, hagamos algo para que no haga falta tomarla. Tal vez, sería mejor tomar una de las grises y acabar con todo esto; a veces lo pienso y quisiera decírselo, pero... me gustan tanto las mañanas, bajar cogidos del brazo, las escaleras, Winston y todos los demás.
Nos separamos en el descansillo con un beso que es más un roce rápido que un beso. Entro. Me desnudo. Coloco la pastilla en su lugar. Buenas noches. Mañana será un día más.




Este cuento fue ilustrado en su publicación por Albert Cano

martes, 14 de noviembre de 2017

La vida es ahora



Artículo que escribí para una revista que hoy ha regresado a mí:

Desde hace años quería hacerlo, era una de esas cosas que una se dice que lo hará algún día, que este verano no, pero el próximo o quizás en mayo que parece mejor época y habrá menos gente... De repente, un día “quiero hacerlo, este verano no, pero...” y al escucharme me di cuenta que se había convertido en algo dicho de memoria, como una de esas frases que se dicen una vez de verdad, pero luego son la copia de la copia, y puedes estar diciéndolas durante años sin que ya signifiquen nada... y en breve, también les sabrán a nada a los que las escuchan, porque cuando una habla de mentira, los demás escuchan también de mentira; sin quizás saberlo, pero sintiendo que aquello parecen palabras, pero no lo son. Palabras vacias, palabras-inercia, palabras eco sin fuerza y sin presencia, palabras que no lo son...
Me di cuenta que dejar para el futuro lo que quiero hacer en el presente es creer que la vida no es ahora, es querer aplazarla a un futuro incierto sin saber si para entonces, si es que ese “entonces” ocurre alguna vez, podré cumplir los muchos deseos que he relegado.
Así que me dije “este mismo verano hago el camino de Santiago”, y todo se dio para que así fuera. Tiempo para entrenar un poco, vacaciones, posibilidad de que ocurriera y la mejor de las compañías. De Ponferrada salimos, con las Bendición de un sereno y sabio fraile franciscano (y la propuesta de que este artículo fuera sobre el camino), para llegar diez días más tarde a Santiago de Compostela. 




¿Cómo se cuenta el camino? No se cuenta. Lo compartes con los que caminan contigo; lo recuerdas con otros que lo han hecho ya y lo aconsejas a los que te dicen que quieren hacerlo. Pero contar, lo que se dice contar...
Sí puedo relatar algunas cosas que el camino me explicó, por ejemplo, que cada recodo viene a decirte que el camino es incierto, como la vida; que no sabes qué te encontrarás  al traspasarlo, como en la vida; y que al recodo del camino no lo temes,  vas a su encuentro con ilusión y, sobre todo, con la confianza en los propios pies y en la tierra, ojalá que como en la vida.
También me contó, el camino, que lo que te sirve para un día; ya no, para otro, que lo aprendido ayer, tal vez, no sea información que puedas usar hoy, que hay que estar despierta, porque cada día tiene sus afanes y sus retos. Que con las experiencias, como con el amor, no se vale reciclar ni ahorrar ni guardar para mañana.

Me contó que ir más deprisa no es caminar mejor, que llegar antes o después no importa, que, de hecho, no hay antes y después, sólo hay camino, sólo hay ahora. Que es contagioso mostrarse alegre, digno aceptar las dificultades del camino con templanza, y bello no negar la vulnerabilidad del cuerpo y aún la del espíritu.




Me contó de la paciencia, de las resistencias, de los ritmos, de la amistad, del silencio, de atreverse, de permitirse recibir -que por falta de costumbre o por sobra de orgullo, pedir pido, pero no me sale del todo bien-, de la generosidad, de la humildad, de la pérdida, de algunos nombres propios y de tantos regalos que no van envueltos...
Dicen que el camino de Santiago te cambia. Supongo que cualquier camino lo hace, si prestas atención y estás atenta a los propios pasos. Puede que hoy sea alguien diferente y me parece algo bueno que el camino y la vida me cambie, porque siento que la vida es un camino perfecto, por mucho que a menudo quiera que sea como está ideada en mi cabeza, como si lo que yo inventara pudiera ser mejor que lo que la vida inventa para mí.